dimecres, 8 de setembre de 2010

ADRIÁTICO - Día 4

Zagreb-Plitvice (137km)

Nos permitimos descansar pero Zagreb nos esperaba con el sol encendido. Cargamos las maletas en el coche y paseamos por el centro hasta que dimos con un rinconcito donde desayunar. El Velvet es un local variado: mesitas de café parisino en la umbría de la calle, capuccino ilustrado de café fiorentino, strudel de cereza y tartas de manzana de café vienés, galería de arte de local londinense y todo mezclado: ¡muy recomendable! (aunque un poco difícil de relocalizar).
En Zagreb, pasamos de subir en funicular (mucho menos fashion que el de Ljubljana pero quizás con más encanto vintage) y nos pegamos un paseito colina arriba para rebajar el desayuno. Llegamos a la torre Lotrščak justo a tiempo para disfrutar un ratito de las vistas de la ciudad desde arriba y bajar al piso intermedio a mediodía, cuando un señor heavy de la cabeza a los tobillos (porque más allá calzaba unas Nike) disponía la carga en un cañón y efectuaba un disparo (los guiris, aún más guiris que nosotros, acojonados… y nosotros, descojonados, valencians que som…). Así (el señor heavy-pijo no creo que exista desde entonces) se ha hecho todos los mediodías desde que un tiro de ese cañón cruzó el río Sava y aterrizó justo en un plato de pollo preparado para el Pachá en el campamento turco situado al otro lado del río, éste quedó tan sorprendido que prefirió no atacar a una ciudad con tanta puntería y así, Zagreb escapó a la invasión turca. En el acceso a la torre quedaban aún indicadores con los sistemas de intervalos de alarmas acústicas que alertaban a la población ante ataques durante la Guerra de los Balcanes, curioso a la vez que espeluznante.
Al bajar, recorrimos el casco viejo, o mejor dicho, los cascos viejos, ya que Zagreb es en realidad la fusión (desde el s. XVII) de dos ciudades enfrentadas: Kaptol y Gradec. (No voy a contar la historia, pero es curiosa). Vimos plazas, iglesias diferentes como la de sv. Marka (con el tejado de colores) o la de la Puerta de Piedra que estaba abierta en un pasadizo en una curva (imaginad que bajo un Portal de la Valldigna un poco más prolongado hubiese un altar en un lado de la acera y bancos de madera en el otro, y todas las paredes estuviesen llenas de plaquitas de agradecimiento a la Vírgen de turno en lugar de pintadas anti-Bush), la Catedral (con sus andamios), el Sabor (Parlamento) y el triste Museo de la Ciudad. Esto último sólo algunos, porque el “señor del parquet dulce” y el “señor de las estrellas viajeras” se dedicaron a degustar la cerveza croata en una terracita muy agradable mientras se perdían una interesante exposición sobre el pasado comunista de la ciudad.
Y de ahí llegamos a comer al Tip Top, un restaurante: a buen precio, de comida típica y lleno de zagrebíes. A buen precio si no te cuelan una bandeja de prsut (jamón ahumado dálmata) y queso de Pag de la que podría comer todo un autobús del Imserso. De comida tan típica como un arròs negre croata. Y de gente tan zagrebí como todos los que tenemos a la “Loli” en español como guía espiritual. Pero bueno… momento níspero superado. Sobretodo gracias al impresionante musical que, de forma espontánea, protagonizamos con la camarera: "It´s raining coke, Hallelujah…".
Se hacía necesaria una siesta y fuimos a la búsqueda del parque con césped y sombra adecuado. Y cuando lo encontramos, todos durmieron menos el “señor del parquet dulce” que leyó un interesante libro sobre la participación ciudadana en el urbanismo actual (muy indicado como libro de viaje, sí señor, jajaja) y una redactora que se dedicó a hacer fotos a cualquier cosa o ser viviente.
Nos quedaba un largo camino por carreteras secundarias hasta el que pensábamos que iba a ser el peor alojamiento de los previstos y al que ni Marta ni Antonio sabían llevarnos, así que nos pusimos en ruta.
Y sólo nos perdimos un poquito, nos encontramos con uno de los grupos que había compartido restaurante con nosotros, se nos cruzó un zorro y aparcamos en una casa que se llamaba igual pero estaba en otro pueblo que se llamaba igual… :S
Pero cuando la encontramos flipamos. La Sabijak House no era la habitación para seis que habíamos contratado por 14€/persona. Era una buhardilla de una casa en la campiña con un salón con cocina, un dormitorio triple, otro cuádruple, un baño enorme, y otra habitación doble con baño privado… y una terraza con vistas a la montaña, sillones de mimbre y un billar (sin monedas!). Cuando ya nos habíamos acomodado, y todavía flipando, nos bajaron un poco de las nubes cuando nos dijeron que la doble era para otra pareja, que resulta que eran andaluces, y cuando nos dimos cuenta de que nuestra ducha no tenía agua fría, pero nos lo arreglaron durante la noche, ya que nadie quería perderse el ¿placer? de ducharse encorvado o sacando la cabeza por un lucernario disfrutando de las vistas (es lo que tienen los techos abuhardillados…) La familia encantadora, nos recomendaron insistentemente un sitio para ir a cenar (Degenija) y al final hicimos bien en fiarnos, porque los que tenían aún hambre se pusieron las botas con unas pizzas tamaño jumbo… El resto nos tomamos una sopita y un Alkem que la “señorita de la bufanda naranja” nos suministró cual camella.
Teníamos una linterna, toallas, una pradera enorme, oscuridad absoluta y un cielo impoluto. Y una noche de Lágrimas de San Lorenzo que disfrutar.