dimarts, 28 de setembre de 2010

ADRIÁTICO - Día 5

Plitvice-Zadar (134 km)

Tras la ducha matinal con la cabeza en las nubes, nos fuimos hacia el parque nacional de los Lagos de Plitvice en compañía de un millón de croatas y dos millones más de turistas foráneos.
Aparcamos en un bosque laberíntico en el que había tantos árboles como coches: el parking 2. Y entre nuestro Clío y nuestro Punto, aparcó otro coche con matrícula croata. Casualidades de la vida, casualidades del mundo, conexión telepática familiar, el caso es que al bajar de los tres coches… ¡sorpresa! El del coche del medio era el hermano de la “señorita de los canguros imprevisibles”… (Se entiende ahora lo de imprevisible, ¿no?)
Gracias a este encuentro pudimos desayunar mientras ellos nos hacían la cola para comprarnos las entradas. Y después, un paseíto hasta llegar al bus que nos llevaría a la parte alta de los lagos. Y al bajar… ¡la masa! ¿Habéis sentido alguna vez la aglomeración de salir de la plaça de l´Ajuntament un día de mascletà? Pues imaginad lo mismo pero por unas pasarelas de madera en plena naturaleza. En cuanto pudimos, dimos esquinazo a la multitud, pero con la cantidad de gente que había era inevitable ir acompañado. Y a mitad camino, nos separamos. Unos fueron a los lagos inferiores y otros nos quedamos paseando y retozando por zonas más tranquilas.
Realmente el lugar era precioso, mucho verde, muchos lagos, muchas cascadas… La única pega era la gran cantidad de gente que no nos permitió disfrutar del lugar como se merecía.
Y de ahí nos fuimos hacia Ražanac, en la zona de Zadar, al último punto de continente antes de saltar a la isla de Pag, donde teníamos el hotel. Nos esperaba el Vila 4M: un hotelito de playa, con sus habitaciones privadas, con su baño privado y su terraza privada mirando al mar; ya habíamos tenido noticia de que teníamos un problema con la reserva y no había sitio para todos, pero que nos buscaban una alternativa. Y sí, la encontraron: un zulo en un garaje en el que dormiríamos cuatro de los seis, entre una cama de matrimonio y un mini sofá-cama. Cambio demoledor. Pero bueno, disfrutamos de un atardecer precioso en el mar yendo del zulo al comedor del hotel donde cenamos, y nos quedamos en el bar bebiendo cervezas y gin-tonics y jugando a las películas mientras se nos unía un señor del lugar que se decía amigo de Francisco Franco y que también quería jugar. Y beber.
Y aún acabamos en la playa, con el agua como escenario y alguna estrella fugaz despistada. Haciendo tiempo para pasar el menos en el zulo, por si no podíamos dormir.