dissabte, 4 de setembre de 2010

ADRIÁTICO - Día 3

Ljubljana-Zagreb (140km)

Otro día amaneció. Esta vez despertamos en Ljubljana. Abrir los ojos, ver el sol por la ventana, remolonear, sonreír… Y ganas de desayunar, porque aparecimos todos puntuales. Volvimos a cargar las maletas y nos fuimos, esta vez en coche, hacia el centro. No fue fácil aparcar: huyendo de la zona azul caímos en una trampa. Quedé atrapada, "S" intentó mi rescate y tras muchos esfuerzos conseguimos liberarnos sin sufrir ninguna consecuencia. Uff... ¡aún siento la tensión!
Encontramos la terraza de una cafetería: cappuccino y caffé-latte al solecito (sin nada que masticar... ¡una lástima!), aunque ese solecito dulce pronto se tornó en una ardiente tortura. Y nos pusimos en marcha.
Callejeamos, los chicos hicieron la compra frutícola en el mercado, buscamos una fuente que estaba delante de nuestros ojos, nos subimos en un funicular muy moderno y brutalista y llegamos al Castillo de Ljubljana. El castillo en sí no era nada espectacular, pero los pequeños detalles de la restauración nos hicieron enloquecer hasta el punto de meter las narices donde igual no tocaba y besar alguna puerta y crear expectación entre los otros turistas. La bajada la hicimos paseando por el bosquecillo que rodeaba al castillo y las callejuelas de la parte rampante (me mola como suena… “parte rampante” :) de la ciudad. Al llegar a la parte baja, una pájara se apoderó del “señor del parquet dulce”. Conseguimos que lo soltase con naranjas y chocolate.
Y seguimos callejeando por la ciudad hasta que encontramos dónde comer. En el Sokol, la “señorita de los canguros imprevisibles” se tomó una sopa servida dentro de un pan, y comimos stag steak with porcini mushrooms sauce y deer medallions with mahaleb-cherry sauce (ahora que ya hemos vuelto sabemos que stag-cervo es ciervo y deer-capriolo es corzo, porque para nuestro inglés los dos eran ciervos y para mi italiano, lo primero era ciervo y lo segundo cabritillo).
Y más paseíllos bajo el sol hasta dar con una placita recóndita donde tomar un café sustitutivo de la siesta mientras el “señor del parquet dulce” se sentía atracado a punta de pistola y un niño rubio se reía como sólo saben los niños.
Una vez que la “señorita de los canguros imprevisibles” volvió con un pez en el bolso, pusimos rumbo a Zagreb. Entrábamos en Croacia y salíamos de la Zona Euro.
Con mucho sigilo pasamos la frontera con una longaniza y más chocolate sin declarar, y en un ratito llegamos a la capital siguiendo las instrucciones de Marta (sí, chica, aunque no viniste te tuvimos presente todo el viaje… Aunque he de confesar que a veces te cambiábamos por Antonio…). Desde que encontramos el fin de la zona de circulación rodada hasta que llegamos al hotel pasó un buen rato y es que conseguimos aparcar bien pero en zona azul y el hotel estaba en zona peatonal (más céntrico hubiese sido dormir en la catedral).
Como si de una misión especial se tratase, nos dividimos por equipos. Necesitábamos un equipo de conductores, otro de intérpretes (inglés e italiano, por si las moscas…) y otro de gente con pasta y ganas de gastar dinero. La división quedó así: equipo de conductores, el “señor de las estrellas viajeras” a cargo del Clío y “S” a cargo del Punto; equipo de intérpretes, la “señorita de la bufanda naranja” por el inglés y el alemán y esta redactora por el italiano y el plano; equipo de vividores, el “señor del parquet dulce” con su tarjeta sin comisiones y la “señorita de los canguros imprevisibles” por la facilidad para convencerla de que se coma un helado. En la esquina de las calles que unían nuestros coches nos separamos los tres equipos, cada uno con una tarea: el de conductores, quedarse junto al coche por si venían a multarnos por no haber pagado la zona azul; el de intérpretes, encontrar el hotel y preguntar si tenían aparcamiento o dónde nos recomendaban dejar los coches; el de vividores, conseguir Kunas, porque no teníamos ni una, en un cajero y cambio para las maquinitas de la hora. Aunque cuando nos volvimos a reunir cada uno con su parte de misión cumplida, echamos unas cuentas rápidas (sin Excel) y los dejamos en un garaje.
El equipo de las intérpretes ya habíamos echado un ojo por fuera a lo que iba a ser nuestro alojamiento: los apartamentos Lessi. Lo que habíamos leído en los comentarios de la gente pintaba mucho mejor que lo que habíamos vislumbrado. El sitio estaba metido en un patio-callejón con aspecto napolitano. Pero al callejón se accedía desde la plaza principal de la ciudad (lo encontramos de purísiiiima casualidad). Al final, una vez dentro de las habitaciones, se nos cayeron todas las desilusiones que habíamos generado en un rato... el sitio era chulísimo :)
Y tras descansar un ratillo, paseamos el centro de Zagreb hasta que encontramos el Agava, el sitio de los mejores risottos alla zucca ed il tartufo del mundo mundial, y yo va y me lo pido de espárragos y gambas... jeje Realmente el sitio tenía mucho encanto, con terrazas aterrazadas (redunda, redunda) velitas, camareros simpáticos, comida buena y pocas kunas. Mientras callejeábamos vimos un ambientillo muy chulo de calles peatonales llenas de terrazas con sofás llenos de gente tomando copas llenas de alcohol. Y nos pasamos la cena disfrutando de ella y de lo que nos esperaba. Pero parece que la gente disfrutaba más durmiendo, porque cuando fuimos a tomar nuestra copa en nuestro sofá en nuestro trocito de calle, ya no quedaba nada del ambientillo... En fin, nos lo tomamos en el Enigma con más relax. Y más sabiendo que el "señor de las estrellas viajeras" dispone de una cadena de farmacias por el mundo que ponen a señores muy desgraciados en los escaparates.
Y ya nos fuimos para el apartamento, dejando unos minutos balconeros para soñar que estábamos dentro de Delicatessen aunque Júpiter reapareciese para demostrarnos que nos vigila.