dimecres, 16 de setembre de 2009

Galiza: día 1

DÍA 1: Salimos un viernes por la mañana, finalmente temprano pero con la incertidumbre hasta el último momento de si la "señorita de los canguros imprevisibles" tendría que trabajar por la mañana o no. Paramos a almorzar en un auténtico bar de pueblo manchego: bar, tienda, local de reuniones, para ir al baño tenías que saltar las cajas de pan, los jamones y los quesos colgaban en un local donde se permitía fumar, carteles de las fiestas del pueblo y bandos del alcalde.
Para comer ya llegamos a Medina del Campo, donde una señora policía nos indicó que podíamos comer comida casera en un bar donde ponía "Comida casera"... toda una oposición para eso y para que luego nos sirviesen natillas y cuajadas Danone... Y con un calor importante nos fuimos con el estómago llenísimo a ver el Castillo de la Mota y, claro, estábamos solísimos. La sala de información era una "pequeña esculturita"... Tras llamar a la "señorita de la bufanda naranja" quien, cual atención al cliente 24h, nos buscó teléfonos para alojarnos esa noche, pusimos rumbo a Allariz. Es un pueblo a poquitos kilómetros antes de Ourense, medieval e impresionante, pijo como pocos (el nivel de las tiendas nada tenía que envidiar a Poeta Querol en Valencia, Serranos en Madrid, Tornabuoni en Florencia o la Rive Droite de París...) igual me estoy pasando, pero vamos... que ya me gustaría haber hecho un PFC parecido al hogar del jubilado de ese pueblo... Llegamos a la casa rural que habíamos reservado y nos enamoramos. Estaba a las afueras, en medio de las típica imagen que tenemos de Galicia, con sus praderas, campos de maiz, horreos, y casas de piedra. La señora me llamaba Raquel por aquí, Raquel por allá... como si fuese mi madre, jeje... Las habitaciones estaban en un antiguo pajar reformado y antes de dejar las maletas la "señorita de los canguros imprevisibles" ya se había comido la mitad de gominolas y bombones que teníamos en la habitación, jeje... Nos fuimos a dar una vuelta por la zona, esperando que nos apareciese una meiga de un momento a otro y probando las primeras moras silvestres del viaje... y de allí al pueblo, a verlo y a cenar. A cenar al Baiuca, recomendado por la "madre" de la casa rural y ahora recomendado por nosotros a quien quiera acercarse a la zona. Empezamos ya a jugar con los pimientos del padrón (picaron los últimos... no sé si es mejor o peor), a comer tapas gigantes y a beber Ribeiro fresquito... y la sorpresa, al ver la cuenta... ¿cenamos otra vez? La otra sorpresa, ver el pueblo desierto cuando salimos de cenar, en contraste con el ambientazo cuando entramos... y era viernes por la noche. Así que nos dimos una vuelta un poco friki y volvimos a la casa, ya con las chaquetas puestas, dispuestos a dormir en un pajar.